sábado, 12 de mayo de 2012

Animales amorosos


En mi familia, cuando éramos más jóvenes, teníamos en mente que no íbamos a tener ninguna mascota en casa aunque quisiéramos. Los únicos animales que “iban a haber” éramos los 4 hermanos, según nos decían nuestros padres. Nos preocupábamos por nosotros mismos y de nuestras obligaciones, hasta que un día mi hermana empezó a suplicarle a mi padre que quería un perrito, y mi madre le seguía en la súplica.
Yo creía que lo del perro iba a quedarse sólo en un deseo, pero nunca se me pasó por la cabeza que lo fuesen a comprar. Un día en el que fueron a “comprar comida” llegaron a casa con un cachorrito de Yorkshire Terrier. Como es lógico, una criatura recién salida de un escaparate al que considera su “hogar” y con tan poco tiempo de vida, llega a otro sitio el cual será su nuevo hogar con el miedo en todo el cuerpo. Estaba temblando de cabeza a patas. Cuando llegaron yo me encontraba estudiando en mi cuarto, abrieron la puerta y al ir mis hermanos y yo a ayudar con “la compra” vimos que tenía una cosa peluda que temblaba entre los brazos. Cuando lo ví me invadió una sensación de alegría enorme. ¡Por fin teníamos perrito! Al verlo temblar en la cestita en la que venía, lo único que se me ocurrió hacer fue cogerlo, dejarlo en el suelo y jugar con él poniéndole mi cara cerca suya, como si estuviera jugando con él con mi hocico imaginario, a lo que el respondió tumbándose boca arriba en el suelo mordisqueándome y lamiéndome la cara. Desde ese momento teníamos un nuevo hermanito.





No me considero un amante de los animales, sólo me gustan mucho. La diferencia radica en que los amantes de los animales quieren tener todos los animales a su alcance y en su casa, sin embargo yo lo que hago es tener una mascota, con la que me conformo, quererla y cuidarla.





El amor entre las personas y los animales es algo que la ciencia no puede explicar. Unos dicen que los animales son sólo eso, animales, sin sentimientos y con necesidades físicas que tienen que calmar sí o sí; otros dicen que son como personas con los sentimientos reducidos. Yo me consideraría de un tercer tipo de personas (no científicas), que piensan que su perro/gato/loro tienen unas necesidades físicas, pero también unas necesidades afectivas iguales que las de una persona cualquiera. Si a tu mascota no le muestras afecto, al final el animal se queda en animal, sólo se preocupa de sus necesidades se supervivencia. No obstante, si reciben afecto, el animal se “humaniza”: se da cuenta de que lloras y te hace compañía, intentando aliviarte, llorando a su manera porque te ve triste, por ejemplo. Un caso en particular son los loros, pueden estar 1 o 2 días enteros sin comer ni beber si reciben afecto o amor, y cuando tienen pareja  le son fieles hasta la muerte.





En el caso de las personas es muy diferente. Compartimos un mismo lenguaje y, en principio, el mismo tipo de sentimientos, por lo que tenemos facilidad para entendernos. Las cosas que sentimos las decimos y las demostramos con palabras, gestos y acciones. En cambio, los animales al no poder comunicarse con nosotros oralmente lo hacen con acciones o gestos, y a veces ni así les entendemos.





A mi pareja la quiero mucho, porque hemos compartido muchísimas cosas, buenas y malas, y eso es algo que une bastante, porque el amor humano es un trabajo que hay que reciclar día a día, a veces se falla porque nadie es perfecto, pero todo es cuestión de volver a reciclarse y ponerse metas y proyectos juntos. En el caso de los animales ocurre lo mismo, solo que ellos aprenden de nuestros sentimientos más que de los suyos.


En resumidas cuentas el amor humano es algo increíble, algo que hace mejorar a dos personas, algo que han de llevar los dos por igual. En cambio, el amor a una mascota es igual pero se diferencia en que la persona ha de guiar a la mascota y esta aprende de una manera u otra de nosotros y, cuando aprende, nos lo demuestra.


Si me dieran a elegir, no podría vivir sin los dos, porque los dos, por lo menos a mí, me llenan, porque me aportan cosas diferentes.